EL LUCERO DE LA MAÑANA
 
* El Matrimonio Perfecto
* Respuestas a las Preguntas más Frecuentes
* Ejercicios Prácticos Para el Trabajo Esotérico
GNOSIS
* Catedras del V.M. Samael Aun Weor
Samael Aun Weor
¿Que es Gnosis, origen y significado?
Cronología Bibliográfica V.M. Samael Aun Weor
Otras páginas gnósticas y algunos sitios de interés.
Simbolismo del Pentagrama Esotérico
* La Luz de un Nuevo Día
Profecías del cataclismo final
EL LUCERO DE LA MAÑANA
V M ANUBIS RENE SABAOTH
EL LUCERO DE LA MAÑANA

Este mensaje de Navidad Fue comenzado a escribir en el año 1.990, el proposito era de que este mensaje saliera a la Luz publica en el año 1.992 cuando se llevaria a cabo el primer congreso internacional pero devido a la salud delicada por la que pasaba el V.M. Sabaoth por esto dias, ademas del poco presupuesto para su tiraje solo salio a la luz publica en el año de 1.998

Esta obra Consta de 11 capitulos los cuales en esta oportunidad se ha transcrito el segundo, proximamente se estaran transcribiendo progresivamente los siguientes capitulos, ademas del prologo escrito por el licenciado Limberg Caballero Rodriguez.




EL LUCERO DE LA MAÑANA

CAPITULO II

MIS EXPERIENCIAS EN LAS MONTAÑAS DE CERRO AZUL

Quisimos pasar rápidamente el chelado, después del chelado vienen las iniciaciones de Misterios Menores; nos dábamos cuenta como inmigraban gentes de diferentes lugares del País al Templo de Misterios, para recibir grados, iniciaciones, poderes y mi persona no alcanzaba nada.

No recibíamos ninguna iniciación, estaba bastante preocupado, como comprendí mi estado lamentable, solamente brillaba por mi ignorancia, no sabía quién era, de dónde venía, para dónde iba. Enigmas y más enigmas ya que mi vida anterior había sido de tantas amarguras y sufrimientos, ahora confiaba llegar pronto a la INICIACIÓN, tema este tan amable y tan anhelado por todos los aspirantes al sendero del adeptado práctico.

Habían pasado muchos meses y ya más o menos un año de estudios, a lo mejor de estar afiliado al Esoterismo, al hermetismo, a las enseñanzas del Cristo, bajo la tutela y dirección de un gran guía, de un gran humanista y sociólogo SAMAEL AUN WEOR, quien nos daba enseñanzas paso a paso, instante en instante, momento en momento, hacía énfasis sobre el despertar de la conciencia rumbo hacia una vida mejor a través del discernimiento, del trabajo, la renunciación del ego animal. La unión con el INTIMO, era es y será necesaria, indispensable, pero preocupado por el tema de la Iniciación un día cualquiera, pregunté al Gran Iniciador de la Era de Acuario SAMAEL AUN WEOR, ¿Qué sucedía?, ¿porqué tanta demora para llegar a la Iniciación?, ¿Cuál era el obstáculo y si ya estaba próximo? Y el Maestro sonriente me observó y dijo: Todavía te falta un poco. Así pasaron otra vez angustiosos minutos, más horas, días, semanas y meses, pregunté nuevamente si está próxima mi iniciación y el Maestro contestó de igual manera que antes: ;Todavía os falta un poco más;. En un momento de arrebato dije: Maestro, ¿Cuáles son los impedimentos que hay para llegar a tan anhelado instante, o sea, la Iniciación tan esperada por todos?, ¿Cuál es el obstáculo? ¿No serán las deudas Kármicas? Y el observándome aceptó.

Comprendí de inmediato que para obtener nuevos ingresos o nuevos créditos, era necesario cancelar las deudas anteriores. Le dije: Venerable Maestro, quiero cancelar mis deudas Kármicas de todas las existencias incluyendo la vida presente, porque de nada sirve gozar físicamente de algunos beneficios de salud, tener un cuerpo lúcido, estar simpático por fuera y podrido por dentro, es mejor pagar lo que se debe, saber con qué se cuenta, que le queda, que se tiene Y el Venerable Maestro mirándome fijamente me dijo: ¿Tú quieres de veras pagar el Karma?;, Le contesté: Sí¡ Maestro, quiero pagar mis deudas, el Karma me aplasta o sigo adelante, avante del todo. Con esto quise decir que algún día me liberaría de la Leyes mecánicas de la naturaleza y ÉL en su calidad de Iniciador y Cosmocrator en el fondo íntimo en el fondo íntimo, como León de Ley (Porque todo Logos es un León) contestó afirmativamente: Ahí te iremos soltando el Karma poco a poco.

El Gran Maestro miró mi rostro, posiblemente en su interior sintió piedad y misericordia por mi, porque ÉL sabía que tenía sobre mis hombros una Gran Cruz que pesaba mucho, con todos los efectos de las deudas y mis errores del pasado, incluyendo el presente.

Ese fue nuestro diálogo aquel día.

Mientras Él continuaba con sus labores, el suscrito también continuaba con sus deberes y obligaciones.

Solo DIOS con su Santo poder, sabe cuanto se sufre cuando un humano se enfrenta a los leones de la Ley, para cancelar Karma.

Corría el año 1.955 y estando una noche cualquiera en la cuarta dimensión, alcé los ojos al cielo y miré, fue el firmamento completamente azul, caminaba y caminaba por un sendero estrecho y difícil, nuevamente observé el cielo azul y vi una gran espada que venía rumbo hacia mi, rumbo hacia la tierra. Sentí algo terrible, sin embargo me detuve y traté de evadirla, pasé por un lado, la espada se elevó nuevamente al cielo para descender vertiginosamente amenazante, hundiéndose mas de la mitad en mi camino, comprendí que había empezado accionar la Ley, caería la Justicia Cósmica sobre mi. ¡Ay de mi!, ¡Pobre de mi!, que me esperaría, que me depararía el destino? Asombrado y maravillado en gran manera regresé al mundo de la forma, a mi cuerpo tridimensional. Debo decir la verdad, se me escaparon algunas lágrimas, porque comprendí que posiblemente había cometido una imprudencia al haber desafiado la Ley, cuando dije: Que venga el Karma, que venga la Ley, salgo adelante o me aplasta el Karma, pero voy a intentarlo.

Uno de los tantos días, hablando con la comunidad de la Sierra Nevada de Santa Marta, en la República de Colombia, Sudamérica, dialogábamos sobre mi situación económica y de salud, me embargaba la melancolía, el tedio y la tristeza, ver como mis amigos de 1.952 en tres años ya me volteaban la espalda, me observaban de arriba y abajo, vociferaban contra mi, se burlaban y decían: “Eso si friéguese, para que se las da de guapo a pedir Karma, ahora que aguante, el que cortó el palo redondo que se lo eche al hombro”. No veía sino rostros indiferentes, el panorama cambió. Antes era un paraíso, ahora mi vida era una antesala del infierno, eso era mi pobre existencia hace treinta y ocho años, cuando se me hizo acumulación de deuda, fui entonces víctima de una enfermedad llamada incurable por los hombres de la tierra (Pero curable para los MAESTRO DE LA VENERABLE LOGIA BLANCA); (Esta enfermedad es llamada “El mal de Lázaro), Elefancia, lepra, etc. Pregunté al Venerable Maestro SAMAEL AUN WEOR, sobre mi novedad y ÉL me dijo: “Tú tienes lepra”. Le dije: Maestro, cúreme. Y Él me contestó: “Cúrate tu mismo, yo no vine a curar cuerpos de carne y hueso, vine a sanar las almas, a curarlas, que están al borde de caer al abismo”. Le dije: maestro cúreme, yo se de sus poderes, prometo manejarme bien en la institución. Y ÉL, con la sonrisa en los labios que siempre la caracterizaba, contestó: “Si nosotros te curamos, es cosa fácil, la lepra, el cáncer, la tuberculosis, la sífilis, llamadas incurables por la ciencia oficial, es para

nosotros tan fácil como tomarnos un vaso con agua.

Si te curamos, entonces quedas suelto, con la sola enjalma, sales brincando y saltando y más adelante abandonas la senda y te hacemos un daño; es mejor que hagas bien por toneladas y así te vas curando poco a poco.

Guardé silencio y pasaron meses en los que me dediqué a trabajar intensamente en la obra.

En cierta ocasión en un amanecer, pasaba el Gran Maestro SAMAEL AUN WEOR en cuerpos internos; posó de pie frente a mi choza – rancho pajizo- que me servía de habitación. Por sus vibraciones comprendí que debía salir al encuentro del Maestro, ÉL me observó nos miramos frente a frente, extendió su mano, me tomó del brazo, se suspendió en la atmósfera llevándome consigo.

Nos remontamos quien sabe- Dios lo sabe- cuantos miles de kilómetros hacia el espacio, hasta que por fin descendimos poco a poco y me depositó en la cúspide de una gran montaña. Observamos por todas partes la arboleda, aquella vorágine parecía misteriosa, expelía un hálito de misterio, augurios y sortilegios, los misterios de la naturaleza. Por fin, después de un lapso de tiempo, quedé adormitado en sus brazos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé, porque en la quinta dimensión el tiempo no existe. Cuando volví a tomar conciencia, estaba conmigo, en sus brazos y mi cuerpo estaba cubierto de la corteza de los árboles. Le observé el rostro, tenía los ojos cerrados, estaba en meditación. En ese instante sentí que el cuerpo tridimensional me necesitaba y al sacudirme tratando de volver al físico, el Maestro me tomó más fuerte y me dijo: “Qué cree que lo voy a soltar? Aunque tengo mucho trabajo en el cosmos no por ello voy a soltarlo.

En verdad estas cosas que estamos escribiendo son fieles y verdaderas; lo escribimos no por tocarnos la fibra de orgullo, lo hacemos por entregar enseñanza al pueblo esoterista del planeta tierra. Debo confesar la verdad; volví a la forma –mundo físico- y jamás, hasta la fecha he podido olvidar tan bella experiencia, donde el Maestro me ofreció en esta forma la curación de mis cuerpos, desde los planos causales hasta el mundo tercero y como compensación a semejante sacrificio y tan magna obra del Maestro he querido mantenerme con fidelidad y lealtad a sus enseñanzas, a la doctrina en la cual se realizan enseñanzas, a la doctrina en la cual se realizan todos aquellos que abandonan el escepticismo, la parlanchinería, las calumnias y que se deciden formar lo siete centros de gravedad permanentemente, (Físico, etérico, astral, mental, causal, budhico y átmico), adquiriendo la conciencia continua, hombres denominados “turiyas” –Conciencia despierta-, seres con centro de gravedad permanente, hombre que han transformado la pluralidad en el individuo. Solo el hombre que goza de la individualidad propia puede dirigir desde su epicentro la masa; está escrito que la sociedad es la extensión de individuo; por ello es urgente y necesario que nosotros trabajemos intensamente en la disolución de las legiones tenebrosas que en nuestro interior cargamos.

El egocentrismo debe ser debidamente comprendido en los cuarenta y nueve niveles o pasillos de la mente comprendido en los cuarenta y nueve niveles o pasillo de la mente para que nazca el individuo, el hombre verdadero; antes de pasar por estas incesantes purificaciones y aniquilaciones, verdaderamente uno no es nadie. El hipnotismo, el espiritismo, las escuelas experimentales, artes marciales, etc., es poco lo que pueden aportar a la pobre humanidad doliente; debemos ser enfáticos y en estos momentos hablar claro y conciso para que nuestra gente en el planeta pueda abrir los ojos y avivar los sentidos, físicos e internos para no caer en las emboscadas que la logia negra tiende a los devotos del sendero.

Como veníamos señalando en estas líneas acerca del Karma, la ceguera, la lepra, etc., volvemos otra vez secuencialmente y haremos referencia al castigo o Karma (en lenguaje oriental) y diremos que es difícil escribir con todo lujo de detalles, porque gastaríamos mucho tiempo y posiblemente nos tocaría escribir volúmenes para poder narrar las cosas y los hechos acontecidos, mas o menos, cerca de cuarenta años de lucha.

Agobiado por tantos pesares, después de diez años de habérseme aplicado el Karma, sentí que se extinguía mi vida poco a poco, ya sin valor, sin fuerzas físicas,- porque en ese tiempo fui sometido a una gran disciplina alimenticia-, ya que mi alimentación consistía en comer arroz con yuca y esos alimentos entre otras cosas, son 96% almidones, total, no tenía ninguna alimentación, por ello mi cuerpo se debilitó hasta la extenuación. Caía en cualquier parte, algunas personas tenían que buscarme en la montaña, me era difícil llegar solo hasta la choza donde vivía, se me había cohibido de toda clase de carnes, huevo, mantequilla, es decir, toda clase de proteínas que fácilmente un cuerpo puede asimilar bien; pero en dichas condiciones parecía que la vid se esfumaba de mi y en cualquier momento podría desencarnar.

Esta tortura a manera de ayuno forzoso, permaneció seis largos años, hasta cuando comunicamos al Gran Iniciador de la ERA DE ACUARIO SAMAEL AUN WEOR que se encontraba en aquellos años ubicado en la ciudad de México Centroamérica lo que me estaba ocurriendo y ÉL de inmediato me contestó que debía nuevamente tomar caldo de hueso y volver a ingerir carne en un 25% para fortalecer el organismo que estaba debilitado.

Me vi pobre y desnudo, desamparado de familia carnal, sentimentalmente no tenía apoyo; en verdad era un simple paria, cualquier harapiento, ya un montaraz en las selvas de la nevada.

Una noche de tantas, de desvelo, de hambre y de sed, además el frío hacía presa de mí por carecer de frazadas para abrigar la materia, por fin pude salir en cuerpo astral; me vi solo aislado de toda posibilidad de auxilio por parte de persona alguna, de las tantas que me rodeaban, vi que el lugar donde estaba ubicado, comenzaba la tierra a expeler humo, se abrían en pocos segundos ciertas bocas de la tierra y me hundiría, no había otra posibilidad más que la de pasar sobre el peligro, pero la tierra amenazaba con explotar, cuando intenté pasar vi al Gran Maestro JESUA BEN PANDIRA, el mismo JESÚS EL CRISTO. Pregunté: ya que tengo la oportunidad de estar con usted Divino Maestro, dígame, que será de mi, que será de mi tiempo en el futuro, que será de mi tiempo en el porvenir y el Gran Maestro con su diestra en mi cabeza con voz apacible contestó: “Yo no sé, DIOS lo sabe”. Dicho esto el Gran Ser desapareció, y el suscrito continuo trabajando, como siempre tratando de pagar deudas.

Fui expulsado por algunos hermanos poco sinceros, que no gustaban de mi, o que a lo mejor servían de instrumento doloroso y me sacaron, me condujeron, a una vorágine, llamada “Cerro azul”. Era una especie de ensenada, un lote de montaña rodeado de dos grandes quebradas o riachuelos, un poco alejado de mis amigos esoteristas; quedaba muy distante de los mismos indígenas y también de los civilizados.

Los colonos, igual que mi persona, se debatían en medio de muchas necesidades, para formar parcelas o fincas, para sembrar el pan, coger arborizaciones, finca raíz, etc.

Sin embargo no por habérseme desterrado a esos lugares, abandonaría el Templo. Fui Guardián del Templo durante más de quince años, por lo cual tenía que cumplir, estar presente en todas las ceremonias y reuniones y regresar a mi pobre morada que consistía en unas palmas de monte y en una troja de madera contra el suelo para descansar durante las noches regresaba tarde, atravesaba montañas llenas de riscos y peligros de las serpientes, el ciempiés, toda clase de animales rastreros y de felinos de alta peligrosidad; esto tenía que realizarse, tenía que hacerlo porque había un hermano de esos que nosotros llamamos “Pereque”, quien había prevenido a todos los demás para que no se me diera comida ni posada, porque según él era un elemento peligroso, flojo, una mugre que no servía para nada, todos los calificativos para causarme daño; fue en ese tiempo mi judas, así como lo puede tener cualquier iniciado en los Misterios del Fuego.

Así marchó mi situación durante años y años, sin compasión de nadie, apenas si decían algunos hermanos, pobre fulano de tal, lo tiene cogido el Karma pagando las habas que se tragó el burro y otros decían: “El tiempo de las consideraciones se acabó ojalá que se friegue, ¿Quién lo mandó a pedir el Karma?”- el que se mete a redentor que muera crucificado. Y así, con ese lema se reían y se burlaban todos de mi, aquellos que gozaban de fincas, ganado, potreros, cafetales, buenas casas y buenos lechos para descansar.

Bendito sea Dios, Gracias a DIOS, decía en mi interior. Evocaba algunas oraciones y recordaba algún pasaje Bíblico que dice: “Bienaventurado el Hombre a quien DIOS castiga” y nosotros decimos que lo importante es saber obedecer y el premio no se hará esperar. Lo más importante es no llegar a la desesperación, porque ahí sí, fracasamos.

Allí en la montaña cerca de “Cerro azul”, en mis noches mi mente divagaba, en mi mente me transportaba a algunos lugares donde había pasados mis años de juventud, catorce, veinte y ya con veinticinco años me sentía viejo, agobiado, solo desterrado, sentado quizá sobre un tronco de un árbol o en cualquier parte al pie de mi choza observando en el firmamento, en algunas ocasiones, las estrellas luminosas. La luna que iluminaba el misterio de la noche, parecía la vorágine teñirse de un color de plata, se hacía todo más enigmático, me preguntaba: -¿Qué ha pasado?, ¿Porqué tanto rigor del destino?, ¿No será esto una impiedad?- Por fin de mis reflexiones y meditaciones me vencía el cansancio, el sereno de la noche, el frío de las montañas y los ríos, me recogía a una troja tendida en el suelo y hecha de madera verde y palma de la montaña; no tenía colchón carecía de una simple estera, ni siquiera unos empaques de fique para acostarme, solo unas palmas verdes de tendido y al pie de esta choza un fogón con algunos trozos de madera seca encendidos, para que lanzaran humo y me protegieran de los anofeles y zancudos.

También para protegerme un poco del peligro de las serpientes, de pronto de algún felino, pues estos le huyen al fuego. Al fin, mi cuerpo entraba en descanso mientras mi alma volaba en los espacios de los mundos tetradimensionales y causales. Llegaba la aurora, llegaba el amanecer, las aves saludaban el nuevo día, las especies animales adoraban y saludaban a la Madre Naturaleza, las pavas gaznateras, lanzaban sus gritos de alabanza, los paujiles también se hacían sentir con sus rumores en si manifestación de alegría, los sinsontes, la oropéndola, los chauchaus, las guacamayas, los guacharacos, pronto hacían su aparición los muy conocidos monos, también los cientos de micos con sus aullidos, con sus chasquidos, murmullos; esto era una verdadera orquestación, el saludo de todas estas especies a su Divina Progenitora, la Madre Naturaleza.

Un día de los tantos resplandecía el sol, alumbraba intensamente y caía perpendicular sobre esta humanidad. –Quien les habla- trataba de limpiar la tierra con mi herramienta de trabajo, de pronto se astilló un árbol que permanecía doblado y al picarlo, saltó una de sus partes a mi cara impactándome una fosa nasal hasta la raíz, o sea el tabique, saqué rápidamente el trozo de madera incrustado y de pronto brotó torrencialmente la sangre al mismo tiempo que corría por mi frente mucho sudor por la sofocación, se reunían con las lágrimas de mis ojos –aún no había perdido la visibilidad- lleno de dolor y de amargura llamaba a los Maestro de la Medicina que me curaran.

Por fin después de largo rato de espera, se transó la sangre, no salió más. Me lamentaba estar solo, no tener un ser que me aliviara en semejante momento tan difícil, añoraba los tiempos de mi niñez, también los tiempos de la pubertad, catorce, diecisiete, veinte años, etc, etc., cuando en esos preciosos años de mi juventud había emigrado de las montañas a la ciudad capital; había conocido algunas ciudades capitales de los diferentes estados del país y como a la edad de veintiún años había hecho mi arribo al Litoral Atlántico, me había incrustado también en la vorágine, en la montaña donde un día tuve la inmensa alegría de encontrarme con el Filósofo contemporáneo SAMAEL AUN WEOR. Pero ahora al verme en este estado, llega la angustia, más el Gran Maestro nos había advertido que el camino era arduo y difícil, no debíamos llegar a la desesperación porque fácilmente podríamos perder las pruebas del fuego, de tierra, de agua y aire, que se repetían constantemente en cada proceso iniciático y había mucho peligro de llegar al fracaso total.

Allí solo, en aquella choza, desprotegida de seguridad, vocalizaba, trataba de hacer meditación, realizaba nuestras acostumbradas conjuraciones e invocaciones, evocaba e invocaba a los Maestro y así me daba fuerza; en ningún momento perdí los ánimos de vivir, siempre dentro de los fueros de nuestra institución esotérica, pensé aprovechar a tiempo las experiencias intensamente vividas y escribí una novela, con hechos, anécdotas y circunstancias acaecidas desde que comencé la presente existencia hasta aquellos días. Y alcancé a escribir veinte páginas y la novela iba a titularla “Sudor, lágrimas y sangre”, pero al mismo tiempo me di cuenta que tan solo se trataba de cosas muy pequeñas en comparación a las tantas imprudencias que en vidas precedentes habíamos realizado, tal vez por atentar contra los códigos de la naturaleza adulterando sus Leyes, alterando el orden, sublevaciones injustas contra la Divinidad y así otras tantas consideraciones, pensé que no valía la pena escribir estas cosas que me parecieron minúsculas, insignificantes, en comparación con lo que otros han sufrido y padecido.

Esta es la senda del filo de la navaja, este es el sendero de los muchos, nos enseñaba el Iniciador de la Era de Acuario.

Nosotros decimos efectivamente, este es el sendero del filo de la navaja y de los muchos simpatizantes y sintetizando diremos que es el sendero o la Doctrina de los pocos, porque muchos estamos invitados al Gran Banquete, a la cena del cordero pascual y muchos entramos, nos afiliamos a la institución del quinto evangelio de la Luz, pocos han llegado a encarnar y realizar estos grandes principios en carne, sangre y vida.

Encarnar los grandes proverbios de fuego, comprender y realizar a fondo los evangelios de la Luz y algún día llegar a constituirse en un Maestro del día, esto es un gran trabajo de los pocos. Por ello el Iniciador nos decía: “Muchos entran y pocos llegan”. Esto significa e implica muchos súper-esfuerzos, continuidad de propósitos, reconocer nuestros errores, eliminar vicios, hábitos y defectos, transformar esos potenciales negativos en positivos, finalmente formar el alma, transformarla en la Pentalfa Sagrada.

Un buen día salí de mi choza dispuesto a pasear las catorce planadas que habían sido en tiempo pasado habitadas por tribus indígenas; pensé avanzar sobre algunos terrenos para derribar sus montañas y sembrar algunos cultivos; después de largo trecho, ya un poco agotado por el cansancio, por entre aquellas montañas encontré un gran árbol, un caracolí, quien sabe cuantos cientos de años había sido derribado, ya de el no quedaba sino vestigios, su corteza estaba reducida a polvareda; sin embargo estaba arropado con el musgo de la montaña y con un abrazapalo llamado mimbre, traté de cruzar por encima del polvoriento árbol y en mitad de este fui sorprendido por una gigantesca áspid, mapaná o serpiente venenosa; permanecía enroscada amenazante.

Sorprendido por semejante descomunal reptil retrocedí y tomé vía por otra parte para continuar mi ascenso hacia la cumbre; más tarde me encontraba dentro de un gran cultivo de caña de castilla, de aquella con que se tejen canastos, maletas, pero con esa fibra; entre más andaba, más encontraba cultivo de este. Quedé sorprendido, por cuanto este cultivo no tenía porqué existir en tierras que no habían sido pisoteadas por humanos durante mucho tiempo.

Empezó a correr una brisa fría, los árboles comenzaban a mover sus follajes, la neblina bajaba cada vez más y más, atemorizado reflexionaba -¡Oh, Dios Mío!, ¿En dónde estoy? ¿Qué pasa? Pues donde miraba solo veía precipicios aletas de árboles jamás vistos, inmensas rocas que apenas lloraban y gotas de agua permanentemente, el musgo cubría las peñas, el ambiente se hacía cada vez más misterioso, enigmático como si en aquel sitio hubiese un sortilegio.

Tomé nota y me di cuenta que cerca de ahí hasta donde vivían los Indios, posiblemente eran tierras que estaban encantadas; entonces comprendí que los indígenas habían trabajado con los cuatro elementos de la naturaleza dejando ese territorio en estado de jinas evitando así cualquier profanación.

Francamente sentí temor y decidí regresar nuevamente a mi morada que se encontraba lejos del lugar; por más esfuerzos que hice no encontré la trocha marcada para salir ni encontré pista alguna, se cerró el camino; pensé en un refrigerio que había llevado considerando que tal vez la debilidad me hacía divagar, pero no había tiempo, la lluvia amenazaba, tenía que desaparecer del lugar lo más pronto posible, comenzaba a angustiarme, pensé, reflexioné y traté de meditar en el Maestro AUN WEOR, que tantas veces me había favorecido en la cuarta y quinta dimensión ante los peligros de los tenebrosos; le llamé muchas veces, le invoqué y le pedí me sacara de aquel lugar; ahí si me acordaba de las oraciones, el ave María, el Yo pecador, la santa María, el Padre Nuestro, el bendito y me dije a mi mismo, Dios Mio, Señor Mio, estoy perdido, voy a dar tres vueltas de izquierda a derecha por donde termine la tercera y última vuelta abriré los ojos, es por ahí el camino.

Lleno de coraje y de fe en el Gran Maestro y en la Divina Naturaleza abrí mis ojos y dije por aquí es el camino, dí unos pasos y efectivamente ahí estaba la muestra del pique que uno deja en la montaña para no perderse; dirigí mis pasos dando Gracias a Dios y así pude regresar nuevamente, descendiendo las catorce planadas llegando a mi choza; lleno de cansancio, agotado, bastante preocupado por encontrarme tan solo en el mundo tridimensional, pero la única esperanza estribaba en Dios. En verdad, debo reconocer que esto fue un curso que me tocó realizar como anacoreta. Recordé los cuatro caminos, el del faquir, el del monje, el camino del anacoreta y el camino del Gnóstico que nos toca vivir intensamente; había quedado mi conocimiento fallo en alguna época, me correspondía tener esa experiencia en carne propia porque una cosa es el conocimiento lectivo, saborear aquellos manjares y aquel rico vocabulario de los más célebres escritores, filósofos, sociólogos, humanistas y Psicólogos, otra cosa es vivir en carne y hueso todas estas escenas tan penosas, dolorosas y vergonzosas con el peso y rigor de nuestro propio destino.

Otro buen día el Maestro que todo lo percibía, que todo lo sabía, dándose cuenta de mi triste situación en aquellas montañas cerca de “Cerro azul”, me dijo: “Es mejor que vendas todo lo que tienes por allá en esas montañas, retírate de allá, vente para acá, para la casa del peregrino”. Cavilé un poco y le dije: Venerable Maestro, voy a vender por lo que me quieran dar, ciertamente voy a quitarme de allí de ese lugar un poco lejano del Summun y así poder servir más de cerca de todos los hermanos y volví y repliqué otra vez: venderé la mejora que tengo por lo que me quieran dar, pero en ese momento se encontraba presente la Dignísima esposa del Gran Maestro Iniciador y ella contestó: “No señor, por lo que le quieran dar no, es por lo que eso vale, es decir por su justo precio”.

Dijo el Maestro: “Sí es mejor que vengas de por allá”, le dije: Venerable Maestro, ya usted sabe que aquí no tengo donde vivir, porque fui desterrado por la misma comunidad, no tengo un ranchito o una simple choza donde protegerme del frío, del sol o del agua porque aquí nadie gusta de mi: El Maestro mirándome compasivamente me dijo: “Dile a alguno de estos hermanos que te deje un pedacito de terreno donde hacer una choza para poder vivir allí”. Efectivamente, hablé con un hermano, le manifesté que me tocaba vender la parcela, que tenía cerca de “Cerro azul” e instalarme otra vez en el Summun, cerca de la casa del peregrino, pero que no tenía donde escaparme del frío, del sol o del agua, le pedía me diera permiso de hacer una chocita por ahí en alguna parte, donde no le hiciera estorbo a nadie y este buen hermano espiritual dueño de estos terrenos me dijo: “Bueno hermano, hágase por ahí una choza, eso sí, donde no haga estorbo”.

Así fue que resolví hacerla cerca de un pequeño arroyo en una pequeña ladera que apenas me quedaba apenas a tres metros de las aguas que corrían en medio de unos guanábanos y unos árboles de aguacates, un poco temeroso porque si corriese un vendaval quizá un árbol de esos podría desaparecer la choza y acabar con mi vida, pero lleno de fe y de optimismo realicé el trabajo a medio día conseguí unas maderas de la montaña y palma amarga del monte y agarrándolas y atándolas a la madera así podría protegerme de la lluvia.

Escasamente cabía mi cuerpo en una troja de madera, forrando las paredes con papel periódico y cartones para que las corrientes de aire y el sereno de la noche no me causara tanto daño. Más cuando caían fuertes lluvias era amenazado por el arroyo y en ciertas ocasiones no podía conciliar el descanso.

Debo confesar la realidad de aquella aventura, aquella vivencia, una de las más grandes experiencias que haya vivido en los años de mi juventud, ante la mirada impávida de muchos seres que veían mi triste situación pero cuando la Ley del Karma entra en acción entonces solo sentimos el amor, terror y Ley.

Al fin la comunidad resolvió, formar la casa del peregrino para alojar a los feligreses que inmigraban de los diferentes lugares del país para asistir a las festividades tradicionales como la Semana Santa, el veinticuatro de Diciembre, las fechas tradicionales de Navidad y había necesidad de alojar bastantes personas y la casa del peregrino anterior era muy pequeña y había que ampliarla pues aprovechando la oportunidad también logré pedir permiso se me concediera un pequeño cuartucho y así quitarme ese peligro de la choza donde me amenazaba el arroyo y los árboles.

El problema era la alimentación, tenía que madrugar a conseguir la leña, conseguir el maíz, los alimentos para colaborar con la digna esposa del Venerable Maestro SAMAEL AUN WEOR para que ella prepara los alimentos para muchos que con frecuencia se acercaban a la mesa para ingerir alimentos, y dialogar con el Gran Iniciador acerca de la idiosincrasia, acerca de los grandes proyectos y la formación de una gran institución mundial titulada Movimiento Gnóstico Cristiano Universal.

Era verdaderamente agradable, maravilloso escuchar el verbo del quinto de los siete cuando comenzaba el ritmo de su oración, se sentía trepidar el ambiente, el latir de los corazones llenos de fe y optimismo en un futuro promisorio, nos hacía transportar a un mundo futurista lleno de grandes maravillas, todo aquello tenía sabor a manantial tal vez nos sentíamos en un verdadero oasis.

Saber que la humanidad pasaría por grandes transformaciones y a veces llegaba a tener inspiraciones y hacía que por las mejillas de sus escuchas, escapábanse algunos lagrimones de alegría, otras veces de angustia Psicológica de pensar que la humanidad sería crucificada en una gran Cruz; pensar que la humanidad pasaría por una gran agonía, saber que la humanidad nos encontrábamos sentados sobre grandes barriles de pólvora, grandes explosivos causados por la descomposición social, por la contaminación ambiental, de nuestro mundo y esto hacía más próximo el momento apocalíptico en el cual vivimos los habitantes de esta tierra, sin conciencia, sin Dios y sin Ley. La inspiración del Gran Humanista hacia los instantes, así también los momentos, muy agradables, sus anécdotas su vida intensamente vivida hacía que los hermanos que le rodeaban llenaran sus rostros sonrosados de alegría, tal vez alcanzaríamos a vivir esa Jerusalén prometida.

Pero habían momentos difíciles donde nos daba tristeza saber que también advertía con rigor y decía: “La humanidad será crucificada en una gran cruz, la humanidad pasará por una gran agonía, tendrá que ser sacrificada porque los DIOSES, la han sentenciado ¡Al abismo! ¡Al abismo! ¡Al abismo!” Y decía constantemente: “¡Ay de los moradores de la tierra y del mar llegó la hora de la Ley y ¿Quién estará firme?.

Debemos prepararnos para grandes acontecimientos; de aquí en adelante solo brillará el Rayo de la JUSTICIA y aullará el lobo de la Ley; estamos en los tiempos del fin”.

Así el Iniciador de la Era de Acuario rodeado de personas aspirantes al sendero que conduce a las grandes purificaciones nos hablaba proféticamente, nos advertía los grandes hechos y cosas que se avecinaban para la humanidad doliente.

De mi parte, pues también logré disfrutar aquellos instantes, aquellos momentos verdaderamente inolvidables, me sentía lleno de alegría oír a un MAESTRO del Rayo de la FUERZA dándose completamente, dando su vida en aquellas vorágines, por la humanidad que a pesar de estar sentenciada por los DIOSES Él proyectaba e intentaba dar una gran ayuda como Él en cierto día dijo: “Nos toca luchas a ver si se consigue del ahogado el sombrero y del sombrero la cinta, algunos pocos quedarán firmes, fieles y tenaces. Las mayorías saldrán patiamarillos y rodarán al abismo”.

Una mañana cualquiera se aproximaba el momento de ingerir el acostumbrado desayuno; por fortuna a mi me tocaba pedir a manera de limosna un poquito de desayuno para irme a trabajar y adelantar los trabajos del Templo; la digna esposa del venerable Maestro SAMAEL AUN WEOR me auxiliaba un poquito de arroz “calentado”, un pedazo de arepa antioqueña y un poquito de la acostumbrada agua de panela, entregándome este típico desayuno me dijo: desayúnese y mire a ver donde va a conseguir su almuerzo, su comida y todo lo demás, porque aquí no le voy a dar más desayuno ni comida ni nada, nosotros aquí no lo vamos a seguir manteniendo”, esto para mi fue como un rayo porque la persona que esto me hablaba, en el fondo, no era ni más ni menos que el OCTAVO JUEZ DE LA LEY, su palabra había perforado mi corazón, mi alma quedaba partida en muchos pedazos, corrían lagrimones de mis ojos, por las mejillas y caían al plato donde habían depositado algunos granos de arroz que me había regalado para desayunar.

Ahí moría la última esperanza que me quedaba, porque no tenía otro lugar donde ir a buscar un mendrugo de pan: tuve que aceptar tomar el desayuno y desaparecer hacia el trabajo. En esa infortunada mañana se encontraba cerca de mi, junto a mí, sentado a la mesa el Gran Maestro SAMAEL AUN WEOR, tan solo a medio metro de distancia se encontraba el Maestro SUM SUM DUM (Juana de Arco), también con nosotros el Bodhisatwa del Maestro SANFRAGARATA del rayo de la fuerza y otros seres también Bodhisattwas de Maestros, comían un típico desayuno llenos de alegría compartiendo las enseñanzas del MAESTRO que como de costumbre siempre llenos de humor, de proverbios, evangelios, pronósticos y poesía en cada frase, en cada palabra, hacía que el ambiente fuera realmente agradable. Pero ellos alcanzaron a escuchar cuando la sentencia que a no se me daría más alimentación, que debería buscarla en otra parte, ellos vieron la tristeza de mi rostro, ellos presenciaron la severidad, el rigor con que ami se me trataba, todo ellos tenía que sucederme así, para grabar en los recóndito de mi conciencia esta clase de conocimientos que son verdaderamente grandes e inolvidables, que taladran el corazón, que estremecen todo el SER que es penoso, que es vergonzoso, que es una gran humillación, eso es verdad; sabiendo transformar esa impresiones, nace la verdadera vida intensamente vivida con alegría y con amor.

Esta es la verdadera luz en el sendero, aquella que en cadena pedíamos constantemente, cuando nos reuníamos grupos de hermanos y les decíamos a los DIOSES: que venga la Luz, que venga el conocimiento, queremos sabiduría Divina, OM SEA, FUERZA; OM SEA, FUERZA; OM SEA, FUERZA. Pero lo que nosotros ignorábamos era la manera y forma como se expresaba la Luz como se manifestaba el gran conocimiento, como iba a llegar a nuestro corazón la sabiduría: pues un buen día fuimos comprendiendo quizá con el transcurso de los años, que a veces viene bendiciones del cielo en forma de fracasos. Y haciendo hincapié en nuestro relato refiriéndome a aquella mañana, aquel triste día, seguiremos la secuencia y diremos que me fui a trabajar como decimos los campesinos, los montañeros, los campeches, a “volear” pico y pala, barra, muela, taladro, carretilla, cargar inmensas piedras sobre los hombros vigas inmensas para sostener algún techo del templo etc y tomar después de grandes esfuerzos llenos de sed agobiadora algún poco de agua pues carecíamos en esos tiempos de panela, azúcar o miel, teníamos que apelar ante al recurso de la Madre Naturaleza, el agua pura.

Pero lo más grave fue cuando llegó el medio día, todos se fueron a buscar sus almuerzos y a mi persona nadie le invitó a almorzar, quedé por ahí parado en cualquier parte pensando como haría para llevar a mi organismo, a mi estómago algún mendrugo de pan. ¿Dónde estaría ese pan?.

¿Dónde estaría el alimento para ese día y para los próximos días? Me retiré del lugar cabizbajo y solitario, busqué en la montaña algunos papayuelos que me apresuré rápidamente a ingerir en el organismo algunos de ellos, así también una fruta denominada la nariz del caracolí, que ingieren las guacamayas y algunas aves y animales de la montaña. Esto me tocó hacerlo en repetidas ocasiones cuando sufría hambre y necesidad; después me dirigía hacia un arroyo cerca de la casa del peregrino, tomé agua del arroyo, recostándome luego cerca de un poste de la misma casa, salió un Maestro del comedor donde en la mañana me había sucedido lo peor de lo peor y dicho Maestro de la Hoya del Quindío observándome, vi en su rostro que sentía compasión por mi, que sentía lástima de mi, así lo fue y así lo comprendí; traía en una pequeña bolsa de papel unos buñuelitos y me dijo: “Hermano cómase estos buñuelitos aunque sea”, y replicó: “Estas son las cosas de las cuales nosotros no podemos compartir”. Este Maestro era nada menos que del rayo de la fuerza, a quien había denominado el Iniciador de la Era, como el MAESTRO DEL VERBO DE ORO. Agradecía aquellos panecitos que me había obsequiado, los comí, tomé agua del arroyo y me dirigí nuevamente al trabajo.

Llegó el atardecer, el sol enrojecido en los arreboles de la tarde, se ocultaba en el poniente diciéndonos a todos hasta luego, pronto saldré en el oriente para alumbrar un nuevo día.

El área de la alimentación se hacía cada vez más difícil, porque este servidor quien escribe estas cosas carecía de hogar, no tenía esposa, pues aún mi materia estaba bastante joven, tan solo versaba entre los veintidós y veinticuatro años, me había ausentado del hogar desde los diecisiete años de edad, rodaba solo, de lugar en lugar, de camino en camino, de vereda en vereda, por las haciendas, por los campos, ganándome un jornal para poder sufragar medianamente los gastos y también poderme transportar de un municipio a otro, o de un departamento a otro hasta que la providencia de DIOS, me llevó a las tierra de esa costa amada y en algunos de mis escritos y correspondencias siempre les digo a mis amigos refiriéndome al Litoral Atlántico, COSTA AMADA, porque allí encontré con todos, mi mejor lección, la que no olvidaré jamás porque llevo dentro de mi corazón un sello de eternidad en Loor, homenaje y gratitud a los que verdaderamente han sido grandes para mi.

Por fin llegó mi noche buena llegó el momento que la VENERABLE LOGIA BLANCA tendió su mano se me levantó un poco la cuarentena. Un buen día el Gran MAESTRO Quinto de los Siete, estando solo me dijo, personalmente. “Sabes chato que debo irme de la Sierra Nevada para otras tierras, otros países a llevar la Luz, las enseñanzas, ¿Qué hago aquí? Debo salir ya”. Postrado de rodillas y con las manos en aspas, mi rostro entristecido por la noticia, se me escaparon algunas lágrimas, le dije: MAESTRO, nos va a dejar solos, ¿Qué haremos nosotros aquí sin su presencia? Y Él me dio a entender que siempre estaría acompañándonos (Claro, espiritualmente); dije, MAESTRO, usted sabe como es la gente aquí conmigo. Y dijo: “Yo te ayudaré porque quedas en medio de una camada de leones”. Efectivamente ese día llegó y me postuló para representarlo, sabiendo que estaría la frente de un monasterio de un Templo de Misterios Mayores, un Templo subterráneo enclaustrados en la roca de las legendarias tierra en la Sierra Nevada de Santa Marta, en la República de Colombia, Sudamérica. Allí en unión con la Madre Naturaleza, allí en unión con los que fueron llamados las águilas altaneras, las águilas rebeldes, aquellos que no escatimaron esfuerzos para luchar, para acompañar con lealtad al hombre más excelente y honesto que haya conocido la humanidad del siglo XX, nos estamos refiriendo al GRAN INICIADOR DE LA ERA DE ACUARIO SAMAEL AUN WEOR, donde tantas veces dio enseñanzas de labios a oídos, conferencias, diálogos, convivencias, cadenas esotéricas.

Aquel verbo que estremeció las conciencias de los cientos y miles de dormidos que habitamos en estas tierras precolombinas, ahora ami me correspondía quedarme al frente, seguir secuencialmente y responder ante la VENERABLE LOGIA BLANCA por le destino de la comunidad que se me encomendaba.

Habló para ustedes el fundador de la CORPORACIÓN ACCIÓN CÓSMICA EN ORDEN, EL MAESTRO Y JERARCA ANUBIS RENE SABAOTH.

PAZ INVERENCIAL.